La dignidad de Catalunya

En la puerta de mi casa de Madrid tenemos enmarcada esta senyera, es un recuerdo. Pasé varios años en Catalunya, en BCN, coincidí –y trabajé- con los preparativos de los Juegos Olímpicos, viví, vivimos, momentos magnéticos con la gente de allá. La historia de la senyera fue unos de ellos.

La noche que llegó la antorcha olímpica hicieron un recorrido por todos los distritos. Nosotros la vimos en nuestro barrio: Gràcia. Nos dieron esa banderita. Después nos sugirieron que la tiráramos porque al recinto de los invitados del Distrito no se podía entrar con aquello, con esto.

No nos importó nada, no la tiramos. Ni la estrella de la bandera, ni los reproches de mi jefe tenían ningún significado. Aun hoy no comprendo cómo el Licenciado Montilla y sus colegas podían tener entonces la opinión de la nacionalidad que tenían y tener hoy la que tienen.

Nos fotografiamos con el puto papel impreso –no es más que eso- con la cuatribarrada, se la dimos al regidor –mi jefe- que amenazó con despedirme sobre la marcha ja, ja, ja, ja …… menudo panoli!! la membrillez de las personas no entiende de nacionalidades.

Llegamos a casa, nos hicimos fotos procaces con la banderita de marras y nunca más ……

Me acompaña a todas las casas, hace levantar las cejas a mis amigos –en mi casa sólo entran amigos- la primera vez que vienen y ahí sigue criando polvo en la entrada.

Hoy, sorprendentemente, no le he podido quitar ojo en las diez o doce veces que he pasado por delante de ella. Creo que hoy, como el día de la antorcha, como otros días que he tenido la suerte de pasar allí, soy polako; creo que todos deberíamos serlo pero no te voy a decir a ti lo que tienes que hacer…

Me parece un atropello enorme que una panda de indocumentados –no me sale el adjetivo que quiero, no es indocumentados- gualdrapas, eso es lo que quería decir, que no tienen más legitimidad que la de haber aprobado unas oposiciones y contar con el apoyo de algún partido político de cierta fama, intenten sojuzgar la voluntad de la peña con el apoyo de, o en apoyo a, un documento –la Constitución- que le pasa como a las borrachas –así lo digo por el género de aquella- que es: que son amigas de todo el mundo.

Y la verdad es que aunque yo sea polako también me molan mucho la gente –mayormente las pibas- que no lo son. No es esa la cuestión, sigo sin entender qué significa la estrella y tampoco, bien, bien, sé qué significa cuando no la lleva désolé!! camaradas…pero vaya me parece muy atropellante que estos, en el ejercicio casi accidental de sus funciones intenten llevar las cosas a la situación de crisis donde ellos, o algunos de ellos, parece que quieren llegar.

¿Se trata de montar una súpercrisis? ¿Elecciones en la época que peor le vienen a Zapatitos? ¿Una escisión en algún partido político de cierta fama? …… a ver, a ver…… cómo era eso de que los inductores no estaban en lejanas montañas puf!! esto huele a bacalao pasao de moda, por no decir que a mierda.

Me parece que para opinar de una manera u otra a todos nos toca informarnos porque se avecina una buena. Puedes empezar por el paneditorial de hoy de la prensa catalina ¿Lo sacó también el ABC de allá? ¿Alguien me lo dice? que es una obra de orfebrería política. Hacía años que no leía un texto tan bueno… bueno, quizá cuando M se pasaba de estación y volvía desde Marsella bailando con los gitanos… y para de contar.

Léelo porque aunque no estés de acuerdo con él y/o no seas polako, yo sí lo soy y no lo estoy tampoco a tope humano, te va a servir para aprender a redactar una magnífica advertencia.

Si quieres opinar hazlo tronk, pero vente con razones porque sino vas a recibir

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La dignidad de Catalunya

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y han erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: “Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratificado en referéndum y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica”.

Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el Alto Tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores. La expectación es alta. La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los doce magistrados que componen el tribunal, sólo diez podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido. De los diez jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el “corazón de la democracia”. Un corazón con las válvulas obturadas, ya que sólo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal -un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo- no haremos mayor alusión a las causas del retraso en la sentencia.

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de “símbolos nacionales” (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia. No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de esta. No sólo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador. El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras).

El Alto Tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años setenta transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posible los treinta años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga. Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación.

Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.

Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Tribunal Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos -que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo-, recordando que no existe la justicia absoluta sino sólo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referéndum.

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable.

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2 Respuestas a “La dignidad de Catalunya

  1. Yo necesito estudiarmelo primero esto es demasiado sutil para mi;-P y como ademas tengo mi lado salvaje se me ocurre comentar y sin argumentos ale pues buenas jaja